Publicado el 06.08.2019

Crónica de la generación que decepcionó a Chile

“Hoy es primera vez en ocho años que tambalea el liderazgo generacional entre los millennials. Mientras su élite progresista hace aguas, los jóvenes la ven cada vez más lejos. Esa distancia se marca políticamente, pues se encuentran peleando por más baños mixtos en lugar de comprometerse en la superación de la pobreza”.

 

La Revolución Pingüina de 2006 marcó el ingreso de una nueva generación a la escena pública, los “millennials”. La irrupción generó muchas expectativas, pues esta camada se crió con internet, bonanza económica y democracia. También era la más educada de la historia. Como hijos del “milagro chileno” tuvieron mayoritariamente casa, auto y computador. Fueron los grandes beneficiados por la máxima de entregar a los hijos todo lo que uno no tuvo. Los entonces secundarios generaron un movimiento que puso a la educación en las portadas de los diarios, las conversaciones cotidianas y la agenda política.
Encabezados por hijos de la clase media y la educación estatal, movilizaron al país. Esto era valioso, sobre todo porque fueron una respuesta al “no estoy ni ahí” de sus hermanos mayores. La juventud volvía a incidir políticamente. Menores de edad asistiendo a foros televisivos, encarando a autoridades y exigiendo la derogación de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE). Ya no solo les interesaba el pase escolar, sino la sociedad en su conjunto. Los adultos vieron bien esto y la ciudadanía se puso de su lado. Las expectativas subieron. Era evidente que cuando entraran a la universidad algo ocurriría. Sintiéndose desplazada, la izquierda universitaria buscaba capitalizar el momento político. Pero mientras los secundarios convocaban a miles de personas en la calle, la FECH hacía noticia por perder $100 millones en una fiesta. No consiguieron notoriedad hasta que los “pingüinos” entraron a la universidad.

 

Giro a la izquierda

El 2006 se convirtió en un ejemplo de rebeldía, convocatoria e incidencia. Por eso los colectivos de izquierda -hábilmente- apuntaron a convertir toda esa masa crítica en militancia. Luego intentaron producir numerosos hitos, pero sin mayor éxito. En 2008 convocaron movilizaciones contra la Ley General de Educación (LGE), legislación que sustituyó a la LOCE. Ese mismo año empezó el auge del progresismo en la UC, hasta entonces dominada por el gremialismo. En 2009 hubo una toma en la Facultad de Derecho de la Chile, donde convergieron por primera vez los intereses de académicos y dirigentes progres. Esto último fue clave para explicar el 2011 y la vista gorda que hicieron las autoridades universitarias frente a la violencia. Ninguno de esos acontecimientos fue verdaderamente relevante, pero todos pavimentaron el camino.
En regiones ocurrió algo similar. La izquierda extra Concertación se tomó las federaciones en detrimento de partidos como la Democracia Cristiana y el Partido Socialista. Un buen ejemplo fue la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Ahí una coalición de autonomistas y marxistas ortodoxos dirigió ininterrumpidamente la federación desde 2008, teniendo entre sus articuladores a Jorge Sharp.
Y llegó el terremoto del 27F. A esa altura los millennials habían participado en voluntariados, sobre todo los provenientes de colegios privados. Existía una masa importante de jóvenes con conocimientos de logística, construcción y gestión de trabajos. Se organizaron rápida, útil y eficientemente. Encabezaron este proceso las federaciones de estudiantes, sobre todo la FECH y la FEUC, la primera conducida por el Partido Comunista y la segunda liderada por un movimiento progresista. Así la generación pasó a ser liderada por jóvenes de la elite universitaria, el progresismo millennial. Las expectativas siguieron subiendo, las orgánicas estudiantiles crecieron en legitimidad y su acumuló un importante capital político.
Aunque Chile se encontraba en el suelo y los jóvenes se encontraban en terreno, las dirigencias tenían la mirada fija en otros fenómenos. Los plenos FECH de ese período circulaban entre la oposición a los toques de queda -implementados para evitar saqueos- y la inquietud por golpear a la centroderecha, sector que asumiría el poder el 11 de marzo de 2010. La dirigencia estudiantil se ubicó enérgicamente en la oposición.
Hasta que llegó el 2011. Los jóvenes estaban politizados a la izquierda -muy a la izquierda-, además se sentían plenamente conscientes e intelectualmente habilitados para dar un vuelco al país. En regiones las federaciones universitarias estaban alineadas con el discurso de la FECH y la FEUC, con la única excepción de la Universidad de Talca, liderada por el gremialista Javier Fano. Hubo también focos de “resistencia” en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, la Universidad Técnica Federico Santa María y la Universidad de Concepción. Los estudiantes disidentes fueron abucheados, amedrentados y muchas veces golpeados. A Fano se le impidió el ingreso a una sesión de la Confederación de Estudiantes de Chile (Confech) tras ser irregularmente destituido en un proceso de toma.
Las cúpulas estudiantiles propusieron educación gratuita, la mayor parte de la generación aceptó y la sociedad también. Otro punto a favor.
Ese año no solo hubo una disputa política, fue el estreno de una forma distinta de organización. Las redes sociales se estrenaron como un territorio para el activismo, las calles se repletaron de gente y las encuestas dieron un consistente respaldo a las cúpulas estudiantiles. En paralelo se instaló una cultura de amedrentamiento a quien pensaba distinto, en muchas casas de estudio no existían garantías democráticas y la violencia se hizo habitual en los campus, pues cada vez era más común ver encapuchados, barricadas o bombas molotov.

De la calle al proyecto político

 

Ideologizados, organizados y legitimados. Esa era la mejor descripción del progresismo millennial post 2011. En 2012 se enfrentaron a un alcalde emblemático del pinochetismo y lo vencieron en una comuna tradicionalmente conservadora. En 2013 representantes suyos consiguieron escaños en el parlamento, estableciendo un nuevo estándar etario, comunicacional y de vestimenta. Fueron los protagonistas de la escena política y se concentraron en criticar la socialdemocracia de sus padres, una que consideraban “tibia” o “vendida”. Son autores confesos del asesinato de la Concertación. Eran la atracción del baile, hasta que se volvieron arrogantes.
La fatal arrogancia del progresismo millennial es que cambiará la historia para siempre, que construirá Chile de nuevo y que sus dirigentes son los nuevos padres de la patria. Con esto en mente, sus líderes se vieron liderando un movimiento generacional inédito en fuerza, legitimidad y proyección.
A pesar de ser importante en un primer momento, el Partido Comunista tomó un rumbo distinto. Su opción era pragmática y vocación de poder, los comunistas escogieron un camino en conjunto con la Concertación. Pero los hijos del 2011 querían una vía propia. Fue ahí cuando comenzaron los problemas, pues se vieron en la necesidad de transformar su capital en un proyecto político.
El progresismo millennial sabía que los socialismos reales habían fracasado, pero eso poco importaba porque nunca fueron nostálgicos del Pacto de Varsovia. Se consideran demócratas, aunque su ideal se parezca más a una asamblea autoconvocada que a un parlamento. Les cuesta pensarse respaldando a una dictadura, pues saben que parte de su legitimidad reside ahí. Escogieron dos referentes: el Foro de Sao Paulo, cuna del Socialismo del Siglo XXI y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD, por su sigla en inglés).
Mientras su condición de jóvenes los hacía mirar hacia Estados Unidos y el norte de Europa, su militancia los llevaba a observar procesos como la revolución cubana, la Argentina de los Kirchner y la revolución bolivariana de Chávez. También se volvieron profundamente allendistas. Pero nada de esto sería problema en esa altura, era más las tensiones internas entre los colectivos que las contradicciones ideológicas.
Coincidieron en buscar la democracia de Suiza, la tolerancia de Amsterdam y el desarrollo de Noruega. Pero sus herramientas fueron el populismo de Perón, la moral de Robespierre y el plan económico de Chávez.

 

Golpe de realidad

 

Con esto en mente se organizaron. Por fin el progresismo millennial tendría un referente único y se llamaría Frente Amplio. Por fin había estructura. Eran los jóvenes que llegaban para refrescar la política con una propuesta de país y así competir por el poder en igualdad de condiciones. El asalto a los cielos.

Y perdieron. Aunque no debió ser una sorpresa para sus estrategas electorales, parece que sí lo fue para la élite circundante. Un frentazo contra la muralla.

Llegaron las primarias. Movilizaron a poca gente, la campaña dejó ronchas y se atacaron públicamente entre ellos. A muchos les avergonzó el proceso. Lo peor fue que se sintieron minoría por primera vez. A esta “marcha” Sebastián Piñera llevó más gente. Decidieron condenar a Alberto Mayol -uno de sus principales referentes en 2011- y lo acusaron de loco. A fin de cuentas, él era un afuerino que no procedía de la dirigencia estudiantil ni de las “bases”. Se le aisló.

Con fuerzas renovadas llegaron a la primera vuelta. Ahí vivieron algo peor, pues su entorno se repletó de personas que votaban por Beatriz Sánchez. Sus mamás, sus papás, sus amigos, los “compas” del colectivo, los compañeros y los profesores de la universidad, la gente del trabajo, los periodistas, los actores, los cantantes y hasta Zulma. Todo el universo conocido tenía la misma preferencia, salvo uno que otro pariente que apoyaba a Guillier y algún abuelo “facho” que era piñerista.

Les fue bien. Beatriz Sánchez obtuvo un respetable 20,34% y consiguieron ampliar su bancada en proporciones nunca vistas para nuestra joven democracia. Les ayudó el sistema, pero los reclamos a la FIFA. Aún así, la élite del progresismo millennial no estaba satisfecha. Para la generación de la inmediatez no era sensato seguir esperando.

¿José Antonio Kast? El villano perfecto movilizó a miles de personas y se convirtió en la sorpresa de la jornada, compartiendo el protagonismo con Sánchez. Incluso fue el candidato más buscado en Google. Por primera vez en seis años, veían una tendencia emergente con un signo contrario. No podían creer que un discurso conservador tuviera tanto apoyo. Decían conocer el Chile real, pero nunca se toparon con un votante de JAK. Además, ahora sabían de elecciones y lo que cuesta sacar un 7,93%.

Para la segunda vuelta se cuadraron tras Alejandro Guillier con la seguridad de que sería funcional a su proyecto político, el archiconocido “todos contra la derecha”.

El progresismo millennial fue sobrevalorado por la campaña del senador Guillier. El resultado fue el candidato socialdemócrata más izquierdista del que haya recuerdo, cuestión que llegó a ser caricaturesca. Basta recordar el anuncio sobre la condonación del Crédito con Aval del Estado (CAE) y las reiteradas menciones a Salvador Allende en la campaña.

Es probable que la apuesta del Frente Amplio refiriera a los escenarios más probables. Si ganaba Guillier, lo haría con una baja participación. Lo mismo para Piñera. Tenían una carta bajo la manga, pues gracias a su “calle” se sentían como garantes de la participación social.

Pero Piñera se impuso con claridad. En la tercera elección más votada de la historia se convirtió en el segundo presidente más respaldado desde el retorno de la democracia. Inapelable.

Y apareció la arrogancia. Periodistas, artistas y referentes progres sugirieron que la gente era estúpida por creer en “Chilezuela”, desconociendo que esa caricatura surgió por responsabilidad suya. Las capas medias ya no sintonizaban con ellos, además la generación dejó de ser vanguardia de la sociedad. Decían que la gente era tonta por votar “en su contra”. Todos eran “fachos pobres”. Para peor, muchos millennials que en primera vuelta apoyaron a Beatriz Sánchez, en segunda optaron por Piñera. Sus coetáneos ya no les obedecían ciegamente.

Retorno a la tribu

 

Se sintieron extraños, minoritarios y probablemente decepcionados, así que se encerraron en sí mismos. Para esa altura la élite progresista ya funcionaba con un entramado complejo, pues no solo era a una red organizada en torno a colegios particulares y universidades. Ya tenían un estilo de vestimenta, de música e incluso un sentido del humor propio. Viven en determinados barrios y estudian sus posgrados en los mismos países.

Para hacer frente al primer año de Piñera, señalaron que tendrían un pie en la calle y otro en el Congreso. Volvieron a sus bases y sus grupos movilizados. Premeditado o no, el estallido feminista funcionó en esa lógica: colegios y universidades movilizados con dirigentes del Frente Amplio a la cabeza. Esto se acentuó con la toma de la Universidad Católica, hito simbólico para el progresismo millennial egresado de la UC y que hoy se agrupa en Revolución Democrática, pues su mito fundacional está en la ocupación de ese edificio en 1967.

También acentuaron sus errores, como hacer vista gorda con la ultraizquierda. El episodio de José Antonio Kast en la Universidad Arturo Prat -donde fue agredido- abrió una nueva discusión inconveniente para el Frente Amplio: la libertad de expresión en las universidades. Un desangramiento lento, pero constante, pues existe material de sobra para demostrar la existencia del fenómeno. Son años escondiendo la violencia física, simbólica y verbal para legitimar un discurso.

Además, el ejercicio del poder conlleva complejidades. Por mucho que el Frente Amplio no administre el Estado, sus dirigentes pasaron a formar parte del sistema, con todo lo que eso trae consigo. Con tantos rostros nuevos, equivocarse era más simple. El progresismo millennial aprendió a sonrojarse por las declaraciones desafortunadas de sus nuevos parlamentarios. Conocieron la exposición pública real y debieron asumir sus errores, todos sus errores. Por si fuera poco, perdieron estatura moral en DDHH tras polémicas relacionadas al asesinato de Jaime Guzmán.

Perdieron el control de la agenda. Antes tenían a las federaciones de estudiantes para instalar temas, pero las llevaron tan a la izquierda que terminaron por convertirse en organizaciones irrelevantes. Antes sus dirigentes eran los rebeldes del congreso, moviéndose por fuera del establishment e interpelando a toda la clase política. Hoy son la clase política, una fuerza parlamentaria importante, pero minoritaria: la tercera coalición del país. Pero para ellos ha significado una baja. El progresismo millennial tiene más poder formal que nunca, pero ha reducido drásticamente su influencia social.

Al explotar la situación de Venezuela, sus contradicciones se hicieron evidentes. Para nadie es coherente su crítica a la democracia chilena con la tibieza -e incluso complicidad- hacia Maduro. Ya no solo tenían críticas desde otros sectores del país, sino también de los coetáneos venezolanos que se encuentran luchando en las calles contra la dictadura.

Hoy existe una fractura. Mientras los jóvenes progresistas lidian con sus contradicciones y los problemas propios del ejercicio del poder, el grueso de Chile avanza en otra dirección. Al convertirse en un actor político formal, debieron buscar formas de interpelar a todos los sectores de la sociedad, pero no lo hicieron.

El Frente Amplio no es capaz de reconocer la nobleza en profesiones tradicionales de la clase media, como la de carabinero, taxista o militar. Lo mismo ocurre con los técnicos, pues subestiman a quienes no pasaron por la universidad. Tampoco tienen un discurso para amplios sectores sociales como las Iglesias Evangélicas, a quienes ven como hijas del fanatismo religioso.

La escisión se ha profundizado, al punto de que una humorista de cabecera de la élite progresista se retiró del Festival de Viña entre pifias. Pero no sin antes criticar el humor de otros comediantes, a quienes acusó de básicos, irrespetuosos o machistas. Cuando la silbatina se hizo evidente, intentó usar la política, pero no resultó. La gente estaba en otra sintonía. El humor se ríe de los tabúes y el progresismo millennial ya ha instalado demasiados.

El hecho concreto es que la élite progresista se encuentra arrinconada, ha perdido legitimidad entre sus coetáneos y es evidente que su generación ya no es la vanguardia de la sociedad chilena. El término “millennial” cada vez es más despectivo e irá en aumento.

Hoy es primera vez en ocho años que tambalea el liderazgo generacional entre los millennials. Mientras su élite progresista hace aguas, los jóvenes la ven cada vez más lejos. Esa distancia se marca políticamente, pues se encuentran peleando por más baños mixtos en lugar de comprometerse en la superación de la pobreza.

Los sueños de democracia, desarrollo y justicia están en el congelador. Aunque la sociedad tuvo fe en que los millennials comandaran el proceso de modernización del país, hoy existe frustración y la posta la tomaron los mayores. Ahora se abre paso a una disputa generacional, donde otros actores tienen la obligación de disputar el liderazgo a la élite progresista, a esta altura convertida en una tribu.

Arrogancia, fundamentalismo y sectarismo, las tres razones por las que la élite progre cayó en una pendiente resbaladiza sin tocar fondo todavía. Su elite se aferró tanto a sí misma que convirtió a los millennial en la generación que decepcionó a Chile.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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