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Controversia prohibida

La Iglesia Católica quemó en la hoguera a Giordano Bruno y, años después, encerró a Galileo en su casa. No podían poner en duda mentiras, no podían cuestionar lo que decía la Biblia. Lo mismo hicieron Pinochet y Stalin con quienes pensaban diferente a ellos. A Chile no pudo venir Iron Maiden. Antes, la censura era explícita, por ideologías y religiones. En Occidente, el poder de las religiones desapareció, pero en las ideologías, el afán de censura —aunque disminuido— se disfrazó, se invirtió y luego, en las redes sociales, se exacerbó. Educada por la opinión pública, la censura hoy es solapada y parece bienintencionada. Está dirigida por el bien —el mismo bien, tan útil, al que han aludido la Iglesia, Stalin y Pinochet— y sigue afectando a los medios, profesores y conversaciones privadas. Pero ya no son sólo los conservadores quienes censuran a los que contradicen sus ideologías, sino que al revés.

 

“Educada por la opinión pública, la censura hoy es solapada y parece bienintencionada.”

Por eso nace el Journal of Controversial Ideas, para académicos que no se atrevan a publicar estudios que contravengan las «verdades» de turno. Permitirá seudónimos. Y ojo que esta revista no es fundada por algún amigo de Donald Trump ni por Alberto Plaza, cienciólogo que anda llorando contra la corrección política, sino por Jeff McMahan —académico de Oxford—, Francesca Minerva y Peter Singer. Este último, hace veinte años, fue catalogado por el Wall Street Journal como «Doctor muerte» por cuestionar la supremacía humana frente a otras especies. Simplemente por pensar.

Tener que pensar de una manera determinada elimina el pensamiento y nos hace dejarnos llevar por los sentimientos. La imposibilidad de cuestionar lo que uno piensa elimina la razón, la ciencia y la duda. Nos trae personas planas y muchas veces iluminadas —buenismo llevado a mesianismo—, que separa el mundo entre buenos —ellos— y malos. Como Nicolás Grau, «cerebro económico» del Frente Amplio, que dijo en una entrevista reciente que «se espera un comportamiento ético mayor [de alguien de izquierda] que de una persona de derecha». A pesar de decir que «las personas de izquierda deben cuidarse de no tener una vida muy distinta a la de la mayoría», Grau dijo que ganaba tres millones de pesos al mes. Pero se redimió diciendo que «le daba vergüenza». Vive en Ñuñoa, una de las comunas más caras y ricas de Chile, y anda en micro cuando hay buen clima. Elije el auto, entonces, sólo a veces. Esperemos que si empieza a andar en helicóptero nos avise de cuánta vergüenza siente. Y que nos notifique si se construye una casa en Cachagua, más sencilla que una en Zapallar. Una cosa es defender ideas, pero autosantificarse a este nivel es más bien vanidad. Que pena que es abstemio, quizás no le haría mal un Gato Negro.

 

 

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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