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Control parental

Se reunieron en la oficina de siempre, listos para comentar la obra y dar su veredicto. “No pasa,” dijo el primero. La opinión fue secundada por el resto de los miembros del comité. El libro no podía publicarse: era muy ofensivo. Redactaron un informe, lo firmaron, y enviaron la carta con el rótulo de “Rechazado” al autor. La escena, que pareciera salir de los anales de alguna dictadura totalitaria del siglo pasado, ocurre hoy. De hecho, está ocurriendo mientras leen esta columna. La institución, el “comité”, está formado por los denominados “sensitivity readers”, cuya traducción al español sería algo así como “lectores de sensibilidad”.
“El problema pareciera ser más profundo: se trata de una corriente autodenominada “progresista”, que excluye del discurso público a quienes no están alineados con esta sofisticada forma de buenismo.”
El rol de estos lectores de sensibilidad es identificar posibles usos del lenguaje que potencialmente ofenderían a grupos minoritarios de la sociedad, y “sugerir” que una novela no se publique por su contenido político. Mario Vargas Liosa, que visitará próximamente nuestro país, culpaba al feminismo de esta situación. La dictadura de lo políticamente correcto radicaría en ese discurso, que vendría a acaparar todas las formas de comunicación, sean las artes, un tweet o un vocero que no se ajuste a la corriente imperante. Sin embargo, el problema pareciera ser más profundo: se trata de una corriente autodenominada “progresista”, que excluye del discurso público a quienes no están alineados con esta sofisticada forma de buenismo.
El punto llega a extremos. Para algunos, un escritor blanco y norteamericano no podría escribir sobre indígenas mexicanos, o sobre mujeres o cualquier tema que no le corresponda a su biología. No sería posible, por ejemplo, un Graham Greene escribiendo sobre las tribulaciones de un sacerdote mexicano. Es decir, la ficción narrativa estaría reservada sólo a aquellos que pueden hablar de sí mismos, egocéntricos portadoras de verdad y luz.

Este es el punto que levanta la escritora estadounidense Lionel Shriver bajo el nombre de “apropiación cultural”. Shriver denuncia los tabúes que se imponen a los artistas, limitando el campo de lo decible a lo que el autor conoce, es decir, reduciéndolo casi a la autobiografía. Y esa frontera parece ser mezquina con las artes, toda vez, que su rol está en las antípodas de lo cómodo, de lo fácil: abrir las puertas para realizar viajes hacia lugares desconocidos, de los que podemos aprender, pero que, sobre todo, cuestionan nuestro mundo establecido.

La paradoja se da cuando la progresía se alza como un cuestionamiento del “orden conservador”. Al determinar qué cosas se pueden decir y cuáles no, se identifican con aquello que juraron destruir: un orden de mundo pequeño, restringido, donde sólo el credo oficial puede ser dicho, y todo lo que está fuera de él merece el oprobio y la censura. Nada hay fuera de él, sólo lo que según la iglesia de la verdad puede ser dicho, llegando incluso a forzar que lo digan. Que las artes puedan tener un discurso político no significa de ninguna manera que siempre deban tenerlo. Y menos aún que el autor pueda ser obligado a adoptarlo. Por mucho que unos seres de la luz los obliguen a hacerlo.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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