Chinos y republicanos

El único lugar para escapar de la oscura biblioteca en la que estudiaba en Londres era un patio enano en la entrada. Ahí, en las afueras de esa construcción neogótica, fumábamos y tomábamos los cafés que nos permitían pasar los sombríos días. Era un jardín coronado por una gigante estatua de Confucio rodeada de tilos podados. Para mis compañeros —y muchos chilenos— el imperialismo yanqui era lo peor, pero esa estatua, tanto como los institutos chileno-franceses, los británicos o los institutos Confucio no significaban nada.

Esta semana hubo varias reacciones a una extravagante columna del embajador chino en Chile. Una fue la de Javier Sajuria, joven editor y politólogo chileno haciendo carrera en Inglaterra, quien escribió, preocupado, que había que tomarle el peso al hecho de que El Mercurio le haya entregado ‘una columna, un domingo, a un embajador de una dictadura para que reparta mentiras e insulte a un diputado. No sé qué dice eso de la línea editorial del medio’. Es muy rara la preocupación del politólogo. ¿Acaso El Mercurio estaría trabajando para China? ¿Habría que censurar al embajador? ¿Más aún si lo es de uno de los países más importantes del mundo? Estos confusos y viscerales rechazos a la libertad de expresión son propios de la sensiblería actual, que lleva incluso a censurar a escritores por los personajes que protagonizan sus obras de ficción. ¿Llegará alguien a pedirle a El Mercurio que elimine su crónica policial por ‘normalizar’ los asesinatos?

Estos confusos y viscerales rechazos a la libertad de expresión son propios de la sensiblería actual, que lleva incluso a censurar a escritores por los personajes que protagonizan sus obras de ficción.

Uno de los mejores argumentos para dejar que los perros ladren es justamente saber quiénes son y cómo ladran. Así como las delirantes opiniones del diputado Urrutia nos permiten entender mejor al movimiento Republicano de José Antonio Kast, ahora entendemos mejor qué y cómo piensa el gobierno imperial chino, algo hasta hoy —y todavía— muy difuso. Esto es especialmente urgente en estos tiempos, en que se hace difícil defender valores occidentales diezmados por la corrección política. La condescendencia taquillera posmoderna ante la intromisión cultural china e islámica bordea la ridiculez. Como dijo Susan Sontag, debemos tener una ‘intensa lealtad a la cultura occidental. Aun cuando esté profundamente amenazada y corrompida por el machismo, sigue siendo todo lo que tenemos, y siento que debemos seguir trabajando con esa cosa amenazada, aun siendo mujeres, y realizar las correcciones y transformaciones necesarias’.

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