Chilenos, no pierdan la Copa

Hace un año en Argentina se puso fin a un gobierno de improvisados, que implementó políticas corruptas y autoritarias generadoras de una incertidumbre crónica para todo argentino. Trabajar, progresar, y expresarse libremente parecía un sueño imposible, porque vivíamos encepados. Los beneficios de nuestra libertad eran cercenados cada día, contrariamente a lo que versa en el Preámbulo de nuestra Constitución Nacional. Tras doce años de gobierno kirchnerista, Argentina se había convertido en un rotundo fracaso político, económico y social: estancamiento, altísimos niveles de pobreza, desempleo, inflación, gasto público, déficit fiscal, trabas al comercio internacional, mercado de dólar paralelo, default, estadísticas oficiales manipuladas, controles exhaustivos de precios, altos niveles de delincuencia, un sistema judicial manipulado, corrupción descarada, amenazas a la libertad de prensa, y Cristina con su relato resentido y estigmatizante.

Si bien es cierto que la decadencia argentina no comienza con el kircherismo, éste fue la expresión más radical de la enfermedad causada por el virus populista del peronismo, con su filosofía socialista, nacionalista y fascista. Hace mucho que Argentina había dejado de ser el mejor país del mundo, como mencionaba Ignacio de los Reyes, aquel corresponsal español de la BBC en Buenos Aires en una nota que salió en los medios en enero de 2016.

En este contexto desesperanzador, los argentinos dijimos “Basta” y votamos por primera vez en casi 100 años a una fuerza política ni peronista ni radical, Cambiemos. Por un lado, en este primer año de gobierno se han tomado algunas medidas positivas en relación al comercio, tales como el pago a los holdouts; fin al cepo cambiario; algunas mejoras al comercio exterior; baja de subsidios a algunos servicios públicos; reducción de retenciones a la exportación sobre algunos productos agrícolas, entre otras. Sin embargo, son sólo algunas medidas aisladas insuficientes para recomponer la economía. Por otro lado, el nuevo gobierno comenzó a utilizar un lenguaje distinto caracterizado por el diálogo, tanto a nivel discursivo como institucional, dejando atrás el estilo autoritario típico de la administración anterior y recuperando el carácter republicano del país. Esto se ve también a nivel externo, dado que se recompusieron en gran medida las relaciones internacionales.

En este sentido, se podría decir que el cambio que ha emprendido el Gobierno actual es principalmente de índole político y en alguna medida económico. Sin embargo, la situación sigue siendo grave: alta inflación, desempleo, baja inversión, y una pobreza que no cede. Y ello se debe a que el triunfo de Mauricio Macri fue simplemente una vacuna temporal contra la expansión del virus populista. El problema es que cuando éste infecta tan profundamente la cultura, el proceso inmunológico se vuelve mucho más complicado y de largo plazo. Después de más de 60 años de peronismo y otras décadas de radicalismo, nuestra cultura se ha impregnado de sus categorías. Por ello es que todo tipo de reforma o medida económica en pos de algún tipo de liberalización y recuperación económica es tan difícil, porque está necesariamente asociada a un costo social altísimo.

“el mayor desafío de todos los argentinos es “despopularizar” la cultura y lograr entender por qué algún día fuimos el país que fuimos”

El Gobierno parece estar trabajando en “despopularizar” la política y la economía. Pero le está costando mucho, porque en definitiva el mayor desafío de todos los argentinos es “despopularizar” la cultura y lograr entender por qué algún día fuimos el país que fuimos. Este es el principal cambio que necesitamos y no va a suceder en cuatro años. Quizá el Gobierno pueda administrar la crisis y los intereses en juego evitando un colapso, y comenzar a cambiar un poco el rumbo del país. Pero todavía en Argentina no estamos ni social ni culturalmente preparados para el cambio que verdaderamente necesitamos.

En el caso de Chile, ustedes hace ya más de cuarenta años lograron salir del estatismo para desarrollar una democracia rica en valores políticos y económicos, sacando al país del estancamiento y posicionándolo como modelo en América  Latina, un “Miami de Latinoamérica”, con índices de crecimiento social y económico admirables. Es el resultado de haber generado y conservado por más de treinta años un estado de derecho con instituciones que permitieron el desarrollo de una economía libre, en donde las empresas tenían pocas restricciones para constituirse, comerciar e integrarse al mundo.

Sin embargo, nada está asegurado cuando la tentación romántica del populismo aguarda prometiendo falsamente gratuidades. Los cimientos de un sistema exitoso pueden destruirse en muy poco tiempo. Amigos chilenos, sus vecinos argentinos ya les dimos un buen ejemplo de lo que no hay que hacer. Ustedes fueron el ejemplo de lo que sí hay que hacer. Jugaron bien, aprendieron a ganar y hoy tienen la Copa. No la pierdan. No abandonen el camino. Mantengan sus logros. Nosotros jugamos mal. No repitan nuestros errores.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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