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El esperado anuncio de la segunda línea del gabinete del Presidente Sebastián Piñera no ha dado lugar a muchas sorpresas. Si bien hay varias caras nuevas, que se han hecho un espacio en el núcleo cercano del piñerismo, un análisis más frío de los números de quienes componen el gabinete arroja como resultado una impresionante semejanza con el equipo de subsecretarios nombrado en 2010 por el mismo Presidente. Si en 2010 había un 67% de hombres, hoy tenemos un 69%.

Si la vez anterior habían 15 independientes, la cifra se mantiene idéntica. Si para su primer gabinete Piñera optó por egresados de la Pontificia Universidad Católica, esta vez optó por la misma casa de estudios para componer su equipo. ¿Qué cambió, entonces? Quizás el cambio más relevante no es tan visible, pero tiene una importancia central en la política. La derecha ha vuelto a pensar en su proyecto de ideas, en qué bases doctrinarias sostienen su proyecto político, y así, en cómo proyectar su gobierno ya no sólo por los próximos cuatro años, sino para los dos períodos presidenciales siguientes. 

Eso implica una tarea más. Desde 2011, y cada vez con más fuerza, ha aparecido un grupo de intelectuales que promueven principios de una sociedad libre, disputando la hasta entonces incuestionada hegemonía intelectual de la izquierda. Es muy importante que se produzca el acercamiento de quienes gobiernan a quienes están pensando lo que el sector debe ofrecer al país. Un relato de sociedad orienta, pero también necesita, que quienes están en el nivel de toma de decisiones se nutra de estas ideas, que están alcanzando niveles de sofisticación suficientes para ser aplicadas.

Por eso, el rol de la segunda línea es fundamental: una adecuada administración de los ministerios agiliza el siempre dificultoso trabajo del Estado, y elimina trabas para que los ministros y el presidente, las caras visibles del gobierno, puedan dar garantías de gobernabilidad. Pero también sirve para fortalecer a un grupo de personas que a futuro pueden asumir mayores responsabilidades, que conozcan el tejemaneje de cada ministerio y que orienten el trabajo hacia las ideas de una sociedad libre y responsable. Con el equilibrio entre una base conceptual sólida y una acción política contundente, se podrá comenzar a pensar en la proyección verdadera de este gobierno, que más que resultados electorales positivos, puede apuntar a un cambio cultural en las categorías de análisis de nuestra sociedad. Recién ahí, el triunfo será completo, y trascenderá el mero hecho de defender los “legados” de una administración.

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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