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Centrismo revolucionario

Releer por estos días “El Chile perplejo“, de Alfredo Jocelyn-Holt, me ha dejado como dice su título: perplejo. El autor dibuja el final de la década de los 50 como la época en la cual la oligarquía tradicional empezaba a abrirse y desmembrarse; cuando la élite gobernante, antes estática y relacionada a la hacienda, empezaba a tener otra dinámica social. La sociedad evolucionaba hacia la modernización y disminuía la pobreza. La educación y las famosas oportunidades ya no quedaban estrictamente en manos de los vinosos.

“El talento de la DC durante esos años, entonces, fue articular una fragmentación y canalizar una frustración a la sombra de Frei, «un gran articulador de esta estrategia apostólica.”

Eran años en los que, sin embargo, existía también una «frustración sin odios visibles, de pluralismo sin dogmatismo [y] de crecientes conflictos» que, explica Jocelyn-Holt, terminó por hacer que «un partido pequeño con una insignificante fuerza electoral», la Democracia Cristiana, se convirtiese en el «parlante adecuado» para canalizar ese incipiente malestar que traía la llegada de la modernidad; una «frustración que serviría para dejar a un lado a las fuerzas desprestigiadas que ya habían tenido oportunidad para anticipar y resolver los conflictos crecientes sin tener éxito».

Así, no era, como hoy, una «Revolución Democrática» que dejaba de lado a la DC y el PPD, sino que una «Revolución en Libertad» que dejaba de lado al Partido Radical. Su líder no se llamaba Giorgio Jackson ni Bea Sánchez, al alero de un izquierdismo revolucionario. Era Eduardo Freí Montalva, que traía consigo un «centrismo revolucionario [cuyo] gran mérito como [líder del] conglomerado [fue] que a pesar de su pluralidad intrínseca se planteaba como un todo uniforme». En ellos, la revolución no significaba renegar de la obra de la Concertación, sino que «lo revolucionario consistía en no querer capitalizar lo ya logrado». El talento de la DC durante esos años, entonces, fue articular una fragmentación y canalizar una frustración a la sombra de Frei, «un gran articulador de esta estrategia apostólica. En él se encarga la idea de que la política es otra manera de hacer religión… (y), con una facilidad extraordinaria para moverse en la abstracción…, [hace] discursos alrededor de conceptos [que] devienen en entelequias rimbombantes como ‘política y espíritu’, ‘reconstrucción del hombre’, una ‘nueva edad histórica’, ‘integración’, ‘la tarea de hoy’, etc. En el fondo, son todas nubes». Suena conocido, ¿no?

Como recuerda Jocelyn-Holt, «Chile, de pasar supuestamente a ser un país tranquilo, moderado y tolerante, pasó a ser un ‘país-problema’», al cual, para sanarlo, «nunca nadie antes había prometido tanto». Además —al igual como, temo, está ocurriendo con RD—, la DC se explicaba su éxito como «fruto de su propia elaboración doctrinaria, cuando de hecho el partido mismo había surgido de las condiciones de frustración legadas por la década anterior… [y] «no entendió que una cosa es movilizar y otra es gobernar». En fin, mucho para meditar.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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