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Cathy, Dolly Parton y la burocracia

Cathy Barriga es la rubia elegida alcaldesa de Maipú. Ex figura televisiva, madre adolescente, casada con el diputado Joaquín Lavín, es una mujer notable que le ha ganado a la vida. En uno de sus primeros actos como alcaldesa decidió prescindir de 470 funcionarios municipales fantasmas que solo aparecían a cobrar sueldo. Por ello ha sido criticada y menospreciada, pero yo no puedo sino celebrar su valentía y responsabilidad.

Parte de los problemas que enfrenta nuestra economía deriva que el sector público está capturado por unos pocos para vivir a costa del resto. Hoy, uno de cada seis chilenos trabaja en el sector público. Ahí ganan más, trabajan menos y se jubilan mejor que en el sector privado. El sector público (salvo honrosas excepciones) presta malos servicios y tiene un ausentismo escandaloso que a nadie parece importarle, salvo a Cathy.

Muchos historiadores económicos (Landes, Acemoglu, Sowell) han explicado el origen y causa de la riqueza de las naciones. Todos ellos coinciden en que las economías donde una élite improductiva, sean sacerdotes, políticos o funcionarios, logra hacerse del poder para capturar la riqueza generada por el sector productivo, terminan en crisis económicas que derivan en crisis políticas.

“En Chile, lo único que prospera y florece es la burocracia, el pituto y la regulación.”

Hoy, el problema de nuestra economía es el Estado. Con un tamaño equivalente a Uruguay, tiene un diseño del siglo XIX, pero debe servir a una economía del siglo XXI. Agota y consume los recursos que crean los privados y se llena de funcionarios más preocupados de perseguir a los que dan empleo que de cuidarlos; de expropiar riqueza que de crearla, y de impedir el desarrollo que de celebrarlo. En Chile, lo único que prospera y florece es la burocracia, el pituto y la regulación. El mérito y el emprendimiento son acosados por los llamados a promoverlos. Hoy, ver al Presidente colocar una primera piedra o cortar una cinta resuena a una ceremonia medieval.

El progreso exige trabajo e inversión, no más burocracia y regulaciones. Basta recorrer las riberas del Mapocho para ver un Estado ineficiente que no recoge la basura y tampoco le importa, o atravesar la cordillera por tierra para enfrentarse a una burocracia que desafía al turista más entusiasta, y qué decir de las autoridades sectoriales que se solazan en hacer imposible lo posible.

El primer deber del Estado es proveer seguridad, pero la ineficacia e indolencia es escandalosa. Los fiscales dejan sin solución más del 80% de los robos, mientras se farandulizan persiguiendo boletas. En La Araucanía reina el terror, mientras la policía, los jueces y el Gobierno muestran una desidia que ofende a las víctimas y al país. La reacción frente a catástrofes es de no creerlo. En la película “Sully” se demoran 24 minutos en rescatar un avión entero. En Chile, se queman tres regiones y el Gobierno, impávido, demora cinco días en reaccionar y los burócratas por ignorancia o prejuicio rechazan un avión gratuito que les ofrecen.

Nuestros legisladores -que parecen vivir en otro planeta- aumentan el número de diputados y crean nuevas estructuras burocráticas como los intendentes elegidos o el Ministerio de Ciencia, que se gastará todos los recursos en funcionarios y no en ciencia ni en científicos.

La economía chilena muestra un lento pero seguro deterioro, porque la burocracia, los impuestos y las regulaciones están expoliando a los privados y ahogando la libertad. Esto en la antigüedad terminaba en revoluciones. En la modernidad termina en Brexit, donde los ingleses reivindican su derecho a gobernarse y se lo niegan a la cómoda burocracia de Bruselas, o en Trump, que en su discurso inaugural dijo que no era una ceremonia de traspaso del poder de un partido a otro, sino que del gobierno al pueblo.

Por eso debemos celebrar a Cathy Barriga, que la tiene clara: al sector público se va a servir a la gente, no a servirse de ella ni menos a impedir su progreso. Las críticas contra Cathy me recordaron la reacción de Dolly Parton, otra rubia que gracias a su talento e inteligencia le ganó a la vida, y que cuando le preguntaron si le molestaba que se rieran de ella con chistes de rubias tontas, contestó “no, porque yo sé que no soy tonta ni tampoco rubia”.

 

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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