Cambia, todo cambia

Caminando por la más importante avenida comercial de Chicago pasé frente a una vitrina de una conocida marca de zapatos, que denominaré XYZ, en que un cartel señalaba: “Hemos cerrado esta ubicación, pero usted puede comprar con nosotros 24/7 en XYZ.com”. Pareciera que la “nueva economía” no le está dando tregua al comercio tradicional, ya que los consumidores están prefiriendo las órdenes por internet a la antigua compra presencial.

“El mayor efecto de esta revolución tecnológica está en la importancia y rentabilidad del capital humano.”

Hace algunos meses presencié algo parecido al caminar por las calles del Soho en Nueva York. Se veían muchos locales desocupados. Esos locales vacíos en busca de ocupante son mudos testigos de los efectos que la economía digital está teniendo, ya no sólo sobre los negocios, sino sobre las formas de vida de las ciudades mismas.

Detrás de los cambios de hábitos de compra se esconde una nueva propuesta de hacer las cosas que proviene de la llamada economía digital. La penetración de internet y el fuerte crecimiento de la telefonía móvil, la televisión por cable, entre otros, son sólo algunos de sus factores. El mayor efecto de esta revolución tecnológica está en la importancia y rentabilidad del capital humano. Hoy, varias de las firmas más valiosas del mundo fueron fundadas por jóvenes emprendedores en el garaje de una casa hace menos tiempo de lo que se demora un pino en llegar a su estado adulto. Valen billones de dólares, tienen pocos activos físicos y generan más caja de la que son capaces de invertir.

El problema con el capital humano es que cuando su stock crece, los retornos a su inversión aumentan en vez de disminuir. La razón es que la fábrica de capital humano (educación) requiere de mayor proporción de dicho capital que la producción de bienes de consumo o de capital físico. Este hecho empuja a dos formas de equilibrio: una de “subdesarrollo” (maltusiano), donde hay poco capital humano que renta tasas bajas, y otra de “desarrollo”, en que tanto los niveles de capital humano como sus retornos son altos.

Por ello, para abandonar el subdesarrollo se requiere de shocks de productividad o suerte (lo que Gary Becker llama períodos de despegue). El despegue pareciera responder a saltos en el conocimiento científico y tecnológico que ocurren episódicamente. Se necesita un gran empujón para vencer la fuerza gravitacional de la medianía y entrar en la zona gravitacional de rendimientos crecientes del capital humano y su fase de autogeneración.

Esta propiedad de rendimientos crecientes del capital humano explica que la fuga de cerebros se dé contraintuitivamente de países pobres a ricos, y que las actividades de investigación y desarrollo se concentren en los países más prósperos.

Quien no incorpore la capacidad de adaptarse a cambios cada vez más veloces, difícilmente pasará la prueba planteada por ellos. Mantenerse flexible y despierto es un imperativo. Como siempre ocurre, cuando cambian los paradigmas, habrá ganadores y perdedores y la capacidad de progreso de los pueblos dependerá de cuán libre las personas puedan desplegar su creatividad.

Hoy, la gente permanece conectada a la red ocho horas diarias. Más de la mitad del tiempo lo hace a través de equipos móviles georreferenciados que revisan 150 veces al día en promedio. Los computadores en la “nube” procesan la información que captan de los usuarios para las empresas líderes de la nueva economía. Saben exactamente dónde estamos, qué compramos, a qué hora salimos de la casa, cuánto nos demoramos en llegar al trabajo cada mañana. Con ese conocimiento se nos anticipan, descubriendo nuestras necesidades aun antes que nosotros mismos, proponiéndonos alternativas para satisfacerlas.

Esta historia de éxito y cambio plantea desafíos importantes a la política. ¿Cómo las políticas públicas incorporarán la realidad de la economía digital? ¿Es el capital humano trabajo o capital? Si el capital explota al trabajo, ¿también lo hace el capital humano? ¿Los trabajadores calificados explotan a sus pares no calificados? ¿Se puede redistribuir el capital intrínseco que cada cual tiene, o habría que concentrarse en ayudar a que quienes aún no lo han adquirido puedan hacerlo?

En la actualidad, el capital humano representa entre dos tercios y tres cuartos de todo el capital existente, es la principal fuente de riqueza de los pueblos. Pertenece a cada persona, la que es libre de decidir dónde desarrollar sus ideas. Sus pertenencias están en la nube fuera del alcance de los estados. Por lo tanto, los gobiernos deberán prepararse para competir por seducir a los campeones del mundo de las ideas, para que desarrollen sus proyectos en sus países. Pensar en volver a subir las tasas de impuestos a los ingresos de las personas es una mala idea, ya que reduce la rentabilidad de la inversión en capital humano. Las soluciones a nuestros apremiantes problemas deben evitar que algún día leamos un letrero dejado por nuestros jóvenes talentos que diga: ¨Hemos dejado esta ubicación, pero usted puede aún trabajar con nosotros 24/7 en Chile.com”, que se encuentra en otra latitud del mundo.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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