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Cabezas Sangrientas

Al final del día todos parecen idolatrar a asesinos víctimas de asesinos. A verdugos y mártires, pero también a perversos convertidos en víctimas.

Ahí están los que veneran al Ché Guevara, el verdugo de la Cabaña, los que homenajean a Krassnoff, Caballo loco. Y todos los que gustan de poleras con gente baleada o con helicópteros usados a modo de tablón pirata.

¿Qué diferencia a unos que toman cafés parisinos con asesinos fugados, de otros que vindican a dictadores con caravanas mortales antes del coffee break en un plenario partidario?

No mucho la verdad. Solo que ambos tipos de sujetos no han sentido jamás el olor de la pólvora mezclada con sangre humana.

Por eso son tan superficiales con la idea de una bala en la cabeza en un atentado o de un fusilamiento en el desierto a manos de un pelotón liderado por un psicópata.

Por eso son tan triviales con el tema de la violencia política.

Esa frivolidad, tan presente en nuestro Congreso y apreciable no solo en Gabriel Boric sino también en Maite Orsini o Camila Flores, es propia de generaciones que han vivido al alero de una democracia más bien segura donde, por suerte, la violencia política hace rato no está presente.

Esa misma trivialidad está detrás de cierta bravuconería lingüística ejercida con el mismo desparpajo con el que se clama, simultáneamente, por imponer lenguajes inclusivos y por sancionar opiniones políticamente incorrectas que incomodan.

Hoy la política chilena está llena de vanidosos y mimados.

Si hay algo en lo que ha existido desmemoria absoluta en Chile, a pesar del mismo museo, es acerca de los efectos nefastos de los discursos que vindican la violencia política, alimentando irresponsablemente a la diversa fauna de los cabezas de pistola dispuestos primero a los palos y luego a los balazos.

No hay memoria del influjo que tuvieron en Chile los discursos que promovían y validaban la violencia política y la violencia revolucionaria.

No es extraño entonces que entre los llamados Snowflakes esté de moda tentarse con la idea de darle la palabra al camarada Máuser, al menos como retórica o para poleras estampadas.

Tampoco es extraño que esa verborrea infantil y reeditada que se presume verde olivo y revolucionaria, al primer empujón recibido de vuelta, se convierta en el llanterío quejumbroso de algunos que pretenden mostrarse y sermonear al resto como si hubieran sido el mismísimo Dalai Lama.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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