Buscando refugio

La semana pasada, dos libros entraron directo al primer y segundo lugar del ranking de El Mercurio de los más vendidos. Al primer lugar llegó ‘Astrología para tiempos difíciles’ y, al segundo, ‘La Constitución Política de la República’. Que el principal refugio de los chilenos —al menos de los pocos que compran libros— sea la astrología habla de una cierta perturbación mental. Buscar respuestas o consuelos para esta fractura social en la seudociencia refleja el desprecio natural del ser humano por la ciencia, por la verdad. Todo lo que ocurre, especialmente lo malo, es porque habría fuerzas externas generándolo.

“Si hay acuerdos, no hay política. De ahí su amor por los líderes populistas, quienes tienden a separar al mundo entre buenos —ellos, representantes del pueblo— y malos”

En su ‘Teoría del complot’, Ricardo Piglia dice que el arte de vanguardia «es un efecto de la crisis del liberalismo (…) una respuesta a la idea del consenso y el pacto como garantías del funcionamiento social (…) El modelo de la sociedad es la batalla, no el pacto, es el estado de excepción y no la ley». Algo similar a lo que dicen los referentes intelectuales del Frente Amplio, Laclau y Mouffe: un acuerdo es un complot externo. Si hay acuerdos, no hay política. De ahí su amor por los líderes populistas, quienes tienden a separar al mundo entre buenos —ellos, representantes del pueblo— y malos. Similar, además, a la concepción de lo político para Carl Schmitt, el ideólogo nazi: amigo-enemigo. La antipolítica para ellos es quizás fome, pero quizás Suiza.

Esta es la enemistad cívica que deberíamos haber evitado y que nos tiene hoy completamente fracturados. Es la amistad cívica que refleja que la Constitución esté en el segundo lugar del ranking. Nadie tenía la Constitución en sus casas. Pocos aprendimos en el colegio qué era o cómo debería ser una Constitución. Menos qué era y cuán valiosa era la democracia. Los jóvenes fueron sobre-protegidos, crecieron despreciando totalmente la autoridad y dividieron el mundo entre buenos y malos, como nos enseña toda la sicología social (y como muestran el estado de las universidades y nuestro Instituto Nacional). Los políticos, dormidos en los laureles del sistema binominal, terminaron en una desconexión total, llenando los restoranes de Valparaíso en vez de legislar (es delirante que el sistema de pensiones siga hasta el día de hoy como está). Unos empresarios coludidos. Y los defensores del mercado —nosotros, los famosos economistas— incapaces de diferenciar entre principios y consecuencias; sin leer a Marx, Smith o Mill, y aversos a planificar una metrópolis enorme, el más poderoso caldo de cultivo de la anarquía y destrucción de la cohesión social. Todo esto sumado a la desestabilización mundial que trajeron la crisis sub-prime y las redes sociales. El viernes 18, miles de personas se regocijaban con el Metro y Enel incendiados. Y ahora vienen a pedir paz. Quizás recién se iluminaron luego de hacer entrar al ranking otro libro, aunque en noveno lugar: ‘¿Cómo mueren las democracias?’.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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