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Bolsonaro y la democracia fallida

El triunfo de Bolsonaro, que algunos anunciamos hace meses cosechando la burla de amigos y conocidos, parece el momento ideal para reflexionar sobre el sentido y significado de la democracia. En su libro Capitalismo, Socialismo y Democracia, Joseph Schumpeter diría que ella ‘es un método político, un determinado tipo de arreglo institucional para arribar a decisiones políticas y por tanto es incapaz de ser un fin en sí misma’.

Luego, el profesor de Harvard daría diversos ejemplos de cómo la democracia históricamente sirvió para aplastar derechos individuales, partiendo por las quemas de brujas y la persecución de minorías religiosas hasta la explotación del antisemitismo por diversos líderes políticos.

La democracia y la libertad, creía el economista austriaco, son cosas distintas, llegando a decir que si “aprobamos la constitución democrática en sí misma que produce esos resultados —antiliberales— por sobre una no democrática que los prevenga” nos comportamos como los “socialistas fervientes para los que el capitalismo es peor que la cacería de brujas”. En otras palabras, si consideramos que la democracia es un fin en sí mismo, entonces estamos dispuestos a transar ‘ideales últimos’, como son la libertad de conciencia, de expresión y la justicia, entre otros. Schumpeter alertó que ninguna defensa de la democracia debe realizarse de manera acrítica y que, por tanto, no se puede simplemente asumir como verdadera la idea —absurda— de que esta es siempre y bajo toda circunstancia el mejor de los sistemas.

La defensa de la democracia, enseñó, tiene sentido solo si con ella se pretenden salvaguardar bienes superiores como son las libertades y derechos individuales. Pocos harían mayor hincapié en esa misma tesis que el compatriota de Schumpeter, Friedrich Hayek, quien diría que ‘al incrementar los poderes del Estado la democracia puede crear el peor despotismo imaginable‘. Según Hayek, esta es solo un ‘instrumento utilitario para salvaguardar la paz y la libertad individual y en ningún caso es infalible’. El Nobel de Economía recordaría, además, que ‘muchas veces ha habido más libertad espiritual y cultural bajo regímenes autocráticos que bajo ciertas democracias’.

“Es precisamente porque la democracia no es un fin en sí mismo que hoy establecemos diferencias entre democracias iliberales y democracias liberales”

 

El punto de Hayek, como el de Schumpeter, no es que la democracia no sea por regla general el sistema preferible, sino que si esta se divorcia del liberalismo, es decir, de un límite estricto al poder del Estado sobre los individuos, entonces no tiene absolutamente ninguna ventaja por sobre cualquier otro sistema político, e incluso, puede ser peor que un régimen autocrático. Es precisamente porque la democracia no es un fin en sí mismo que hoy establecemos diferencias entre democracias iliberales y democracias liberales, para distinguir a aquellas que respetan la libertad de las que no lo hacen. La lógica en esa distinción indica que el estándar de moralidad de un régimen político, cualquiera que este sea, no consiste en su densidad democrática, sino en qué tan respetuoso resulta ser de los derechos de las personas.

Ahora bien, la experiencia histórica reciente indica, a pesar de diversos ejemplos en contrario, que la democracia se aviene de mejor manera con el liberalismo y, por tanto, su maridaje resulta ser el sistema que mayor protección ofrece al individuo. Sin embargo, la idealización de la democracia y su reducción a la mera voluntad de las mayorías constituye una amenaza no solo a la libertad, sino, en última instancia, a la democracia misma, que termina sucumbiendo de manos de una nueva élite que concentra el poder para no volver a dejarlo jamás, como ha ocurrido, por ejemplo, en Venezuela.

“la idealización de la democracia y su reducción a la mera voluntad de las mayorías constituye una amenaza no solo a la libertad, sino, en última instancia, a la democracia misma”

 

Pero para perdurar, la democracia liberal tiene también que ser capaz de satisfacer ciertas expectativas en torno a la seguridad, cohesión social y prosperidad. Cuando los países son regidos por élites totalmente corruptas, carecen de niveles mínimos de seguridad personal y son incapaces de garantizar niveles razonables de prosperidad, como ocurre en Brasil, podemos hablar de ‘democracias fallidas’. Y cuando las democracias fallan, la reacción natural de buena parte de la población es buscar una alternativa —electoral o no— que ofrezca una solución a los problemas que la aquejan. Frente a la élite corrupta y fracasada, esta figura fuerte de corte autoritario se perfila como la única opción para restaurar el orden y la legalidad, además de proveer de cierta prosperidad, todo lo cual, en algunos casos, efectivamente consigue.

Paradójicamente, la figura en cuestión posee legitimidad democrática, especialmente si resulta elegida, como es el caso de Bolsonaro que, dependiendo del camino que siga y contra casi todo lo que se ha dicho, podría terminar siendo el gran restaurador de la democracia brasileña o, al menos, de los valores trascendentes que esta dejó de asegurar. Pero, incluso, si se trata de un simple autócrata, dice Schumpeter, buscará la aprobación popular y probablemente la obtendrá.

De hecho, históricamente, la legitimidad de muchos regímenes no democráticos ha sido al menos tan alta como la de diversos gobiernos democráticos. Y es que para la mayoría de los ciudadanos la democracia tampoco es un fin en sí mismo, en consecuencia, si esta no satisface expectativas mínimas de paz y progreso, no ven razones para apoyarla. Si hemos de preservarla, entonces, no podemos asumir simplemente que esta siempre es preferible, cayendo, cada vez que se la cuestiona, en una fatua indignación, pues ello entorpece el trabajo por mantenerla. Y ese trabajo consiste en entender que, en tanto instrumento, la democracia, para cumplir su objetivo trascendente, debe mantener su fusión con un fuerte liberalismo y que para subsistir debe garantizar la vida y propiedad de los ciudadanos frente a la criminalidad común, así como contener la corrupción abusiva de las élites, facilitando de paso niveles razonables de prosperidad.

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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