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Bolsonaristas y moderados

Con el triunfo de Jacqueline Van Rysselberghe, los dichos de la diputada Camila Flores y el auge de José Antonio Kast, se consolida lo que podemos llamar el ‘bolsonarismo’. El electo presidente de Brasil ha logrado instalar un relato que parece efectivo en la convocatoria popular y útil a la hora de enfrentarse a la izquierda. Con un estilo basado en la incorreción política y un discurso de orden se ha perfilado como referente para una parte de la derecha latinoamericana.

Existen dos visiones disputando el liderazgo del sector a nivel latinoamericano. Por una parte está el bolsonarismo con quienes consideran que el discurso duro es la única forma de enfrentar la hegemonía progresista, lo que llaman ‘marxismo cultural’. Por otro lado, están aquellos que ven una amenaza en el populismo de tintes fascistoides. Aquí están los moderados -la centroderecha-, que legítimamente están expectantes por las consecuencias que su contraparte podría tener en la concordia social y en el desarrollo democrático.

Ambas fuerzas están en tensión y el gobierno se encuentra al medio. No es de extrañar la subida de tono del Presidente Piñera para referirse a la oposición. Su objetivo es el de equilibrar Chile Vamos y para eso debe hacer gestos a una y otra fuerza. Pero esta forma de abordar el conflicto interno no es prolongable a largo plazo, una de las fórmulas terminará por imponerse. La experiencia internacional señala que puede ser el bolsonarismo.

El triunfo de un proyecto debe darse en un contexto de reflexión, diálogo y persuasión, no por la vía de la polarización y la agresión. Si tanto se le ha criticado a sectores de izquierda por su vocación totalitaria, antidemocrática y contraria al pluralismo, no es coherente ni correcto ganar con sus mismas artimañas.
La centroderecha debe tomar definiciones para confrontar al populismo, de lo contrario estará destinada a la marginalidad política. Existe un evidente desgaste de las fuerzas moderadas, las que hoy se tildan de timoratas o ‘blandas’. Para sobreponerse a esta situación, la centroderecha deberá compatibilizar su llegada dentro de la elite con un discurso centrado en el ciudadano común. Debe proponer cambios en una época de descontento y desencanto con la política tradicional. Debe dejar la defensa del status quo para pasar a la acción, una que encarne un espíritu reformista y republicano sobre las banderas de la libertad, la dignidad y la responsabilidad.

Esta no es solo una disputa por las formas, sino por el fondo. Lo que está en juego es una visión de sociedad: una republicana, libre y digna versus otra populista, autoritaria y revanchista. Esto es más grande que un ‘gallito’ interno, es la disputa por el camino que escogeremos para el desarrollo.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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