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¡Atención, señoras y señores! ¡Un momento de atención!

Nicanor Parra se empinó a los 103 años. Un número tan grande como su figura, curiosamente ausente de los grandes premios literarios, increíblemente vigente en nuestro imaginario colectivo. Su obra, iconoclasta y provocativa, pero que siempre vuelve y reconduce a la tradición de la gran poesía chilena y latinoamericana, sigue vigente e interroga al Chile actual desde sus cimientos. Molestó a izquierdas y derechas por su falta de militancia, a pesar de que nunca fue apolítico, porque cuestionar libremente es esencial para entendernos como sociedad, y gozó de los aplausos y pifias de moros y cristianos por su antipoesía.

“Sólo en condiciones de libertad, de autonomía creadora, es posible que las artes ocupen el espacio que merecen en la sociedad, ya que dejan de estar al servicio de la agenda del gobierno de turno y pasan a crear.”

Su obra es un elogio a la libertad, pues sólo en condiciones de plena independencia interior puede florecer la palabra. Don Nica nos alumbra el camino en Soliloquio del individuo: “Me aburrí de las cosas que hacía/El fuego me molestaba, /Quería ver más”. Esa inquietante urgencia humana de buscar nuevos horizontes, de inconformidad, de sed de libertad, de construir fuera de los moldes establecidos. Estudiar su obra es aún más importante hoy, cuando se discute una nueva institucionalidad cultural que posiciona al ministerio -y no a los creadores- como ente rector de las artes.

Pero Nicanor Parra -y probablemente la familia Parra completa, con su importante aporte cultural al país- no sería posible con el nuevo Ministerio de las Culturas (sic), las Artes y el Patrimonio, una estructura cultural centralizada y centralista. Centralizada porque concentra toda la actividad en un solo órgano; centralista porque, a pesar del esfuerzo de instalarlo en Valparaíso, todos sabemos que finalmente la operativa y la rendición de cuentas será en Santiago. El espíritu de la nueva legislación es subvencionar aún más a los creadores de arte, sin entender que la cultura es un mundo complejo, donde intervienen muchísimos actores y en el cual los más postergados son los espectadores.

San Fabián de Alico, cuna del profesor Parra, queda muy lejos de Santiago y de sus ministerios como para tener un acceso cultural robusto. Así, Parra ingresó al mundo de la poesía a través de una antología de la revista Zig-Zag, y estudió un posgrado en mecánica avanzada en la Universidad Brown en Estados Unidos gracias a una beca otorgada por el Institute of International Education, organización de la sociedad civil dedicada a financiar estudios de jóvenes talentosos. Como se ve, la falta de un órgano público no fue impedimento para llegar a la primera línea de las letras mundiales.

Pero hay otra razón por la que un Parra no sería posible hoy. Toda la crítica, todas las inconformidades deberán pasar por el filtro del Ministerio de las Culturas (sic), las Artes y el Patrimonio. El problema es evidente: sólo en condiciones de libertad, de autonomía creadora, es posible que las artes ocupen el espacio que merecen en la sociedad, ya que dejan de estar al servicio de la agenda del gobierno de turno y pasan a crear. Porque si el gobierno define qué culturas merecen ser rescatadas y promovidas, qué manifestaciones artísticas valen la pena, o qué significa ser artista, lo que hace, finalmente, es utilizar el arte a su favor, y transforma al artista en un funcionario. Lo lleva lejos de su misión de señalar nuevos caminos, como hiciera -y todavía hace- Parra.

Así, el artista, como Nicanor, siempre tiene que reivindicar su libertad: “Hasta cuándo siguen fregando la cachimba / Yo no soy derechista ni izquierdista / Yo simplemente rompo con todo”. Haciendo eco de los orígenes humildes de la familia Parra, y tomando la crítica que hiciera el académico Pablo Chiuminatto al nuevo Ministerio, la cultura hoy considera de forma marginal a las audiencias y a los espectadores, quizás quienes gritan, a la usanza de don Nica, “¡Atención, señoras y señores! ¡Un momento de atención!”

Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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