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Amar al país: ¿No, gracias?

En materia de amar a Chile, uno se encuentra a menudo entre compatriotas con una de estas dos actitudes: la de los que lo aman incondicionalmente en las buenas y las malas, contra viento y marea, y esté yéndoles bien o mal como personas, y la de quienes dicen que solo van a amarlo una vez que el país haya cumplido ciertas condiciones, por lo general económicas y sociales que ellos mismos establecen.

Para los primeros, no hay nada mejor que Chile; para los otros, hay numerosos países mejores, a veces inspiradores, supuestamente frustrados por causas externas, como la Cuba de los Castro, la Venezuela de Maduro o las extintas repúblicas socialistas. Los primeros aman a Chile como es, conscientes de que hay mucho que perfeccionar y mejorar; los otros mantienen una promesa de amor potencial, que prosperará solo cuando Chile concrete su utopía.

Traigo esto a colación mientras recorro el sur. Es un Chile precioso: el de los canales del archipiélago de Chiloé y el de los fiordos. Se trata de territorios casi inexplorados o escasamente poblados, en donde el paisaje natural apenas casi ha sido tocado. Nicanor Parra dice que Chile es un paisaje, y cuando uno lo conoce, se topa tarde o temprano con esa afirmación, y a continuación se plantea lo siguiente: ¿Somos mejor paisaje natural que urbano? ¿Es solo bello lo que no trastocamos ni habitamos? ¿No será que deterioramos estética y ecológicamente lo que habitamos u ocupamos? ¿Somos capaces de crear paisajes humanos -urbanos o rurales- equiparables al paisaje natural que la historia nos deparó?

Al recorrer Chiloé, escucho a quienes celebran su incorporación al mundo, el arribo de turistas nacionales y extranjeros, pero también a quienes critican las bandas de mochileros “flaites” que acampan en plazas y playas públicas, se emborrachan en la vía pública, ensucian los sitios donde alojan y dejan un reguero de latas de conservas vacías, botellas quebradas y bolsas de supermercado.

La mayoría de las tiendas de pueblos y ciudades chilotas refuerzan ahora sus vitrinas con rejas de metal. La vida cambió y la seguridad se perdió. Pero no hay que confundir a estas bandas con los jóvenes mochileros que aman la naturaleza, disfrutan el paisaje y recorren Chile respetando sus tradiciones, aprendiendo de ellas sin interrumpir la paz ni la tranquilidad. Los primeros llegan de la gran ciudad a Chiloé como conquistadores, vociferando y soltando risotadas, ocupando espacios públicos con prepotencia, exigiendo donaciones a los transeúntes, llevando la tensión y el bullicio de la metrópoli a las islas, actuando como barras bravas.

Existe, no obstante, la posibilidad de emprender el viaje como una forma de conocer a otros y a sí mismo. Quienes han reflexionado sobre el viajar -como Benjamin, Onfray o Magris- abordan el tema del viajero solitario, que exhibe características distintas a quienes viajan en pareja, en grupo o en “patota flaite”. Los primeros aspiran a ser testigos de la vida tal como es, no quieren ni siquiera que se repare en su propia existencia. Estos interpretan lo nuevo como desafío intelectual y saben que plantea interrogantes sobre el mundo del que uno viene y sobre uno mismo, sobre la soledad y la memoria.

El turista “patotero”, en cambio, busca en su viaje solo aquello que ya conoce, y no aspira a conocer ni a descubrir nada nuevo, sino a captar la atención de los lugareños diciéndoles “mírennos, aquí estamos, nosotros somos los protagonistas, porque venimos de otros sitios y merecemos atención, celebración y donaciones”. Para estos, el viaje es no salir del “grupo patota” y lo que llevan de recuerdo no son las personas o paisajes que vieron, sino lo que sobre estos opinaron en chanza y a la carrera.

Recorriendo los estremecedores parques creados por Ted Tompkins, viendo aquellos bosques de ulmos que crecen en laderas verticales cubriendo cerros hasta sus cimas de roca desnuda, uno se pregunta si los chilenos tenemos conciencia de estos espacios públicos que están a nuestra disposición. Aunque crece el número de visitas, no muchos llegan a ellos. Ojalá sepamos interactuar con los bosques milenarios que cruzan la Carretera Austral. Amar a un país presupone conocerlo. Exige conocer no solo a su gente, sus ciudades y pueblos, sino también sus paisajes naturales. Implica conocerlos, respetarlos, cultivarlos, difundirlos. ¿Aprenderemos a respetar estos maravillosos bosques o también serán eliminados por manejos despiadados o devorados por las llamas de incendios intencionales?

Conviene recorrer Chiloé y sus alrededores para tomarle el pulso ambiental y cultural a esa región. Constituye un privilegio escuchar de los labios de Edward Rojas, Premio Nacional de Arquitectura, los proyectos que lleva adelante, o platicar con quienes construyen la réplica de la iglesia de Colo, en Vodudahue, o con los jóvenes dueños del Palafito Patagonia, de Castro, que convirtieron un palafito en un acogedor café, recreando ese tipo de construcción patrimonial. ¿Habrá otra restauración de la envergadura de las iglesias chilotas, iniciada bajo la administración anterior? Es vital que se impulsen proyectos autosustentables, que creen puestos de trabajo y calidad de vida, y frenen la migración a las ciudades.

¿Estamos en verdad conscientes de los maravillosos paisajes chilenos, del crucial aporte de privados a la conservación patrimonial y al desarrollo austral, o seguimos confundiendo a Santiago con Chile? Cuando uno navega a lo largo de las costas del parque Pumalín, y recuerda que a su creador, el estadounidense Tompkins, le fue denegada la nacionalidad chilena, uno se pregunta si estamos a la altura de su grandioso aporte al país y del reto que nos dejó planteado a los chilenos.

 

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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