¿Agricultores flojos o exigencias supererogatorias?

El procedimiento de expropiación -que algunos abogados inexplicablemente aún defienden- era más o menos así. Un organismo político (Cora) determinaba el fundo expropiable; el dueño tenía 30 días para reclamar ante un tribunal político ad hoc (tribunal agrario). Se indemnizaba al precio que determinaba la Cora en función del avalúo fiscal hecho por otro organismo político, y luego se pagaba al contado entre el 1 y el 33%, y el saldo en bonos que se comió la inflación. El dueño del campo era desalojado casi inmediatamente.

No se requiere demasiada humanidad para entender la sensación de injusticia e indefensión de las víctimas en contra de un proceso que era más parecido a un saqueo que a un debido proceso legal. Y donde el mismo Estado, llamado a defender sus derechos, se los violaba. Por eso ofende que los victimarios celebren a costa de las víctimas y que lo hagan con cargo al erario fiscal. Es como Trump construyendo su muro y exigiendo que lo paguen los mexicanos. Con el conocimiento del derecho y economía que tenemos hoy, sabemos que nada bueno hubo en esa reforma y por eso no es para descorchar ni un chacolí. Es como que la Iglesia Católica celebrara la Inquisición.

El falso diagnóstico que fundó la reforma agraria puede resumirse así: en Chile, los agricultores eran flojos y explotadores, tenían sus campos mal trabajados y a los trabajadores, mal pagados y sumidos en la pobreza. Era justo, entonces, quitarles sus campos a los dueños y dárselos a sus inquilinos (“la tierra para el que la trabaja”). El propósito original de la reforma era crear más propietarios para fortalecer la democracia, pero degeneró en la creación de asentamientos para promover el socialismo.

“La reforma agraria los hizo a todos más pobres y a nadie más feliz.”

Siempre me he preguntado por qué los emprendedores-agricultores chilenos del siglo XIX, que abastecían de grano a toda la costa del Pacífico, a partir de la crisis del año 29 se habrían pasmado y transformado en flojos y poco industriosos. De repente habrían empezado a actuar en contra de sus propios intereses, desaprovechando sus recursos y subexplotando sus campos. Ahora bien, después que los expropiaron, vino la escasez de alimentos y la importación de chancho chino (cuya similitud con el “whiskas” resulta francamente perturbadora) y leche belga. Recién en 1975, cuando les aseguraron la propiedad, se sinceraron los precios y se desreguló la economía, tuvieron una epifanía que los transformó de vuelta en modernos e innovadores emprendedores agrarios. Es una cuestión milagrosa de cambio de actitud en menos de una generación.

La historia muestra que la realidad agrícola prerreforma era producto de malas políticas públicas y la reforma fue otra mala política pública. Lo mismo ocurría en las ciudades, donde la pobreza campeaba y la economía funcionaba a media máquina.

Si se analiza el tema con algún rigor intelectual, se concluirá que los agricultores se comportaban racionalmente. Recomiendo estudiar el trabajo de Valdés y Foster (Ediciones UC) y los datos de “La República en Cifras” (Lüders), para entender que la (sub)explotación agrícola tenía su causa y origen en una descomunal distorsión de precios en la economía y no en la flojera o inhumanidad de los agricultores. Desde el dólar hasta la fijación de precios de los alimentos para contener inflación, todo estaba distorsionado. Si a usted le amenazan su propiedad, insultan su integridad moral, y a eso le agrega barreras arancelarias que “protegían” los mercados de exportación, pretender que los agricultores chilenos invirtieran para el minúsculo mercado nacional cuyos precios eran fijados por el poder político, era una exigencia sino heroica, al menos, supererogatoria.

Hoy sabemos que el origen de la riqueza está en el capital humano (inteligencia, educación y cultura) y no en la tierra. Y que el bien común no se satisface con el mal individual, sino que por el común de los beneficiados. La reforma agraria los hizo a todos más pobres y a nadie más feliz. Sostener que contribuyó a la dignidad de los campesinos es como sostener que el leprosario de Isla de Pascua contribuyó a la dignidad de los pascuenses. Fabricar autos en Arica fue una insensatez sesentera, expropiar campos fue otra; lo demás es música.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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