Chile: del malestar del éxito al miedo al fracaso

Lo que desgarra al gobierno de Bachelet es la tensión creciente entre la marejada izquierdista que la llevó al poder y la resaca de un Chile mayoritario que no acepta que se pongan en peligro sus logros.

En julio recién pasado participé en el Foro Atlántico, una reunión convocada en Madrid por la Fundación Internacional para la Libertad (FIL) que encabeza Mario Vargas Llosa. En el encuentro, Chile ocupó un lugar central. La pregunta que rondaba en el ambiente era “¿Qué le pasa a Chile?” y surgía de la dificultad de comprender por qué el país que durante décadas ha sido un ejemplo de progreso para América Latina está hoy planteándose la revisión de las bases mismas de ese progreso. ¿Significa esto que “el modelo chileno” ha fracasado? Mi exposición sobre el tema partió de este interrogante, respondiendo enfáticamente que no es el fracaso sino el éxito del modelo el que, paradojalmente, explica su cuestionamiento actual.

Sí, Chile ha cambiado

Chile ha experimentado un desarrollo extraordinario durante las últimas tres décadas. Su crecimiento económico ha sido tres o cuatro veces superior a los promedios latinoamericanos o de los países desarrollados, más que triplicando el ingreso real de los chilenos y provocando una enorme transformación social. Como lo muestra un estudio de 2013 del Banco Mundial, entre 1992 y 2009 Chile fue el país con mayor movilidad ascendente de América Latina. En este lapso, casi dos tercios de su población “cambiaron de clase”, pasando de una situación de pobreza a una de vulnerabilidad o de ser vulnerables a una clase media que hoy ya es mayoritaria. Incluso la pobreza, que se ha reducido espectacularmente, ha cambiado de manera radical durante estas últimas décadas, ya que los pobres de hoy disponen, en promedio, de un ingreso real que casi triplica el que tenían en 1990.

Este cambio ha llevado aparejada una verdadera revolución educativa, manifestada nítidamente en la extraordinaria expansión de la enseñanza superior, que entre 1980 y 2013 ve multiplicarse por diez su número de alumnos. Así, el 70% de quienes hoy participan en la educación superior tienen padres que apenas alcanzaron la educación media o menos. Además, hay que hacer notar que el mayor aumento se ha dado entre los jóvenes pertenecientes al 30% más pobre de la población, que han multiplicado con más de seis veces su tasa de participación en ese nivel educativo, pasando del 3,7% al 23,6% entre 1990 y 2011.

A su vez, se ha ampliado de manera extraordinaria el acceso a viviendas mejores, bienes de consumo durables, nuevos medios de transporte y comunicación, viajes dentro y fuera del país y otros componentes de un estándar de vida que se va acercando al de los países de altos ingresos. Pero no se trata sólo de un avance en términos de consumo, sino también de una notable modernización de las formas de vida en todos sus aspectos.

El malestar del éxito

Estos cambios han transformado no sólo las condiciones objetivas de vida de los chilenos sino también su subjetividad, redimensionado ampliamente su horizonte de problemas y aspiraciones. Atrás han ido quedando las demandas e inquietudes de una sociedad marcada por la pobreza y se han abierto paso aquellas propias de los nuevos sectores emergentes. Ahora bien, el rápido progreso tiene una característica sorprendente que fácilmente lo torna insuficiente: las expectativas tienden a crecer más rápido que la capacidad de satisfacerlas y se genera así un malestar que, a simple vista, no guarda relación con los avances realizados. Este “malestar del éxito” es lo que Émile Durkheim ya en 1897 llamó “crisis felices” (crises heureuses), provocadas por un progreso tan rápido que “exalta los deseos”, haciéndolos “más exigentes, más impacientes”, pero también imposibles de colmar ya que “las ambiciones sobreexcitadas van siempre más allá de los resultados obtenidos, cualesquiera que ellos sean”.

Esta evolución ha cambiado de manera notable el foco de atención de la sociedad chilena, poniendo hoy el acento no ya en los logros sino en las deficiencias del camino recorrido. Esto refleja un fuerte desplazamiento de las aspiraciones y demandas sociales de la cantidad a la calidad: de aspirar a más viviendas, educación o empleos a exigir viviendas, educación o empleos de calidad, o de conformarse con un mayor crecimiento a demandar una distribución “más justa” de los frutos del mismo.

Con ello se hicieron visibles las deficiencias de un crecimiento que efectivamente dejó mucho que desear en el aspecto cualitativo. Ello reveló no sólo un sinfín de fallas regulatorias sino también una escasa voluntad de aplicar con rigor la normativa vigente, siendo el caso de la educación universitaria el más emblemático al respecto. Esta fue una de las características más notorias de los gobiernos de la Concertación, lo que le ganó el aprecio de muchos empresarios y la desafección de una gran cantidad de ciudadanos de a pie. Sin embargo, lo paradojal es que estas fallas del Estado y la regulación, es decir, de la política, terminaron siendo achacadas al mercado en sí, como si una economía abierta de mercado fuese por necesidad sinónimo de negociado, abuso, transgresión de la legalidad y lucro ilícito.

La fatal ignorancia de la centroderecha

A la transformación social chilena y el malestar del éxito generado por las expectativas crecientes –con el consiguiente desplazamiento del foco de atención de la cantidad a la calidad, de la pobreza a la desigualdad y de los logros a los defectos del desarrollo alcanzado– hay que sumarle la indefensión ideológica y cultural de los principios de una sociedad basada en amplios márgenes de libertad y responsabilidad personales. Este fue el pecado capital de la centroderecha chilena, confiada en que la eficiencia del modelo hablaría por sí misma y convencida de que se había logrado un consenso sólido en torno a los principios básicos de una sociedad abierta. Estos no eran más que peligrosos espejismos que dejaron el campo de la subjetividad –del relato, el imaginario, la cultura o, simplemente, la interpretación de la realidad– en manos de otros. Esta fue la “anorexia cultural” que con razón fustiga Axel Kaiser en La fatal ignorancia y la falta de principios denunciada por Pablo Ortúzar y Francisco Javier Urbina en Gobernar con principios.

A ello se suma una incapacidad de comprender la dialéctica de la dinámica social y, sobre todo, la compleja relación entre objetividad y subjetividad. Ello se reflejó en la absoluta perplejidad del sector frente al cambio cualitativo del imaginario social producido en torno al año 2011. Así, sus representantes siguieron repitiendo las respuestas de siempre en un escenario social caracterizado por preguntas radicalmente nuevas. Por ejemplo, ante la irrupción del tema de la desigualdad se siguió insistiendo que ello no importaba y que lo único relevante era la superación de la pobreza y el que todos progresaran algo. Lo que hacían de esta manera era, simplemente, autoexcluirse de un debate central para el Chile de hoy.

La revuelta de los hijos del éxito del modelo

Estos fueron los principales ingredientes de las grandes movilizaciones sociales del 2011, cuando se impone un discurso que cuestiona radicalmente todo lo realizado y llama a la refundación de Chile. Se trata, como bien lo expresó Eugenio Tironi ese mismo año en ¿Por qué no me quieren?, de la irrupción de los sectores más politizados de “la generación más escolarizada de la historia del país. La que ha tenido mejores condiciones de vida. La que ha estado más conectada con el mundo. La que ha tenido la vida sexual más libre y temprana. La que ha dispuesto de más oportunidades de todo orden. La que ha gozado de más estabilidad económica, social y política. La que ha estado menos sometida al miedo incontenible a la pobreza. En fin, la que ha sido más libre para hacer de su vida lo que quiera.”

Se trata de los hijos del éxito del modelo que se transforman así en sus grandes detractores. Lo logrado no les alcanza ya que sus sueños se han agigantado. Ni siquiera ven el progreso realizado, ya que nacieron con él, sino sólo las carencias del camino recorrido. Lo quieren todo y lo quieren ya, y exigen que alguien se los dé. Vuelven así sus miradas impacientes hacia el Estado para pedirle, tal como han hecho con sus padres, lo uno y lo otro. Y como nunca aprendieron a esperar, se lanzan a la calle para exigir “sus derechos”.

El miedo al fracaso

Este es el contexto en el que se dio la pugna electoral del 2013 y el triunfo de Michelle Bachelet. Las opciones estatistas y refundacionales imperaron ampliamente en la primera vuelta, captando unos dos tercios de los votos, y la victoria de Bachelet en la segunda vuelta vino a confirmar este “vuelco hacia la izquierda”. Sin embargo, la abstención fue abrumadora en la primera vuelta (votó menos de la mitad de los electores potenciales) y lo sería aún más en el balotaje. El Chile más político y utópico obtenía así una victoria pírrica, siendo en la práctica derrotado por el Chile más apolítico y terrenal que se quedó en la casa o votó por la candidata de la continuidad, Evelyn Matthei.

Así, Bachelet ha sido elegida por una minoría de los chilenos, por más que se autoproclame como líder de la “Nueva Mayoría”. Esta es la clave de la compleja situación en la que hoy se encuentra la Presidenta, cuyo programa así como sus primeras medidas de gobierno reflejaron fielmente el impulso de los sectores políticamente más radicalizados. Ahora bien, esta deriva radical no sólo ha dañado sensiblemente el funcionamiento de la economía sino que ha puesto a Bachelet rumbo a una inevitable colisión con el otro Chile, aquel que tal vez llegó a coquetear con el radicalismo del 2011 pero que nunca lo hizo suyo y que hoy comienza a entender que están amenazadas aquellas grandes conquistas cotidianas que tanto esfuerzo le han costado. Ya no es el malestar del éxito el que agita los corazones de la mayoría de los chilenos, sino el miedo al fracaso, personal y como país.

Esta es la oposición que más teme Bachelet y que desgarra a su gobierno por la tensión creciente entre la marejada izquierdista que la llevó al poder y la resaca de un Chile mayoritario que no acepta que se pongan en peligro sus logros. Así está terminando el enamoramiento colectivo con Michelle Bachelet, quien comienza descubrir, como otros lo han hecho ya antes, que el Palacio de la Moneda es “la casa donde tanto se sufre”.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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