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1917: Utopía que se volvió infierno

Hasta ahora, no muchos intelectuales, movimientos o partidos de izquierda chilenos parecen interesados en conmemorar los cien años de la revolución de octubre de 1917, encabezada por Vladimir Ilich Lenin. Supongo que este silencio se debe a que tras la desaparición de la URSS no queda entusiasmo para celebrar un sistema que en Europa fue sepultado por los pueblos que lo padecieron. El académico y ex parlamentario del Partido Liberal de Suecia Mauricio Rojas acaba de lanzar un informativo libro sobre Lenin que comprende la revolución, la imposición de la dictadura bolchevique, el triunfo de Stalin y una reflexión sobre marxismo-leninismo y totalitarismo.

Antes de abrir Lenin y el totalitarismo , es legítimo preguntarse si un texto sobre el líder bolchevique ayuda a entender el presente, o constituye un ejercicio de arqueología política por culpa de los añales transcurridos desde el ataque al Palacio de Invierno, las guerras mundiales, la debacle del socialismo real y el fin de la Guerra Fría. ¿Pertenecen los temas de Lenin, su partido, la revolución y el “hombre nuevo” al pasado, o son de actualidad en Chile, donde existe una izquierda retro y melancólica, minoritaria, pero con influencia en el Gobierno, el mundo universitario y sindical, y bastante articulación en el Congreso?

Supongo que es la política nacional la que le otorga gran actualidad al libro de Rojas, porque hoy tenemos aquí a sectores que aún beben del leninismo y la revolución bolchevique, y que apoyan incluso los excesos del socialismo siglo XXI. También tenemos al Partido Comunista, que, como dicen sus estatutos, “se basa en las concepciones de Marx, Engels, Lenin y Recabarren” (hasta 1953, de Stalin), y que aún siente nostalgia por la URSS. Por otra parte, la Presidenta manifiesta en forma pública -y legítimamente- simpatías por los regímenes de Cuba y la extinta RDA. Es decir, el leninismo no es solo cosa del pasado en Chile.

En rigor, los años 60 y 70 estuvieron marcados aquí por la pasión que despertaban en la izquierda la URSS, China, Vietnam, Cuba y las “democracias populares” de Europa del este. El libro de Rojas, por lo tanto, es de actualidad por su tema, y también porque parte de la izquierda jacobina criolla siguió a Lenin, y hoy sigue compartiendo su visión del Estado, el partido y la revolución.

Este libro enriquece el debate y activa la memoria, porque en Chile solemos hablar de Marx, Engels, Lenin y Stalin o Gramsci sin haberlos leído mucho. Por eso las discusiones tienden a volverse esquemáticas, caricaturescas e intolerantes. Leyendo a Rojas, leninista en su juventud, uno entiende por qué las ideas del ruso ganaron en el pasado tantos adeptos en Chile, y hoy seducen a muchos, aunque no lo confiesen abiertamente. No lo hacen, pero sí celebran a seguidores de Lenin: los Castro, Chávez y Maduro, o la dinastía Kim.

Lenin no es un pensador de la talla de Marx, pero hace suya la idea de este de que la historia está escrita y “asciende” al comunismo, que todo medio es válido para imponer el nuevo orden y crear al “hombre nuevo”. Tuvo éxito: conquistó el poder usando un partido minoritario y, en nombre de la clase obrera, expropió los medios de producción, impuso el igualitarismo y autonomizó del pueblo al partido del supremo líder.

Las características del leninismo, que ayer inspiraron a la Unidad Popular y hoy inspiran a comunistas, marxistas-leninistas y a ciertos populistas, las grafica Rojas con citas de documentos de la época. La esencia está en la creación del partido de “revolucionarios profesionales” que está dispuesto a conquistar y conservar el poder, destruye el Estado y crea uno nuevo y una economía estatizada, bajo su dirección. El leninismo, admirador de Robespierre, recurre y justifica el terror: la población de Rusia cae de 147,6 millones (1916) a 134,9 (1922) debido al terror, a guerras, emigración y hambruna. Si bien es sangrienta esa etapa, Stalin la supera en número de ejecutados y condenados a gulags. Rojas muestra cómo, ya instalado en el poder, Lenin no instaura ni la sombra de una democracia representativa, sino, inspirado en Marx, la brutal dictadura del proletariado sobre obreros y campesinos que había conquistado prometiéndoles un programa redentor.

El libro demuestra que Stalin se monta sobre el poder total que concentró Lenin, que esa concentración es consustancial al socialismo. Aunque dueño del poder, Stalin necesita liquidar a los líderes históricos, y actúa como carnicero. Nadie ha asesinado a tantos comunistas: de los históricos, Lenin es el único que no murió asesinado. Pero hay más: de los 139 miembros del Comité Central del PCUS elegidos en 1934, 98 fueron ejecutados, y de los 1.966 delegados a ese congreso, 1.108 murieron en campos de trabajos forzados.

Rojas no plantea que el leninismo constituya hoy una amenaza para Chile. Sabe que el desplome comunista a escala mundial lo hizo inviable. Sin embargo, muestra los mecanismos que deslumbran a quienes admiran no solo a dictadores como Stalin, Kim Yong-un, Castro o Maduro, sino también la violencia emancipadora para implantar un modelo que anhela subsumir al individuo en el colectivo. “Cuando el sueño nos desborda y creemos que el reino celestial puede ser realizado en este mundo, terminamos construyendo infiernos terrenales”, concluye Mauricio Rojas.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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Una respuesta a “1917: Utopía que se volvió infierno”

  1. nelson cárcamo barrera dijo:

    Me parece que cada cierto tiempo se traiga a la memoria colectiva la realidad de doctrinas totalitarias y que aún cautivan a nuestros compatriotas. Las inconsecuencias en sus discursos, enfrentados a realidades como las de Cuba, Venezuela y otras en la Región; parecieran inconcebibles. Parlamentarios nuestros que no dudan en levantar la voz, aún cuando lesionan intereses nacionales, los ponen en el límite de los vende patria. Qué hacer…?

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